Ahora tengo voz, M

#MeToo, M, lo sabes bien. Ocurrió después de que me gradué de preparatoria, empezó justo en el ---, cuando fuiste a dejarme a mi casa. Estaba yo enamorada desde hacía tiempo, los cuatro semestres de preparatoria, un enamoramiento adolescente que debió ser sólo eso, porque yo tenía 17 años en septiembre, aunque ya estuviera inscrita en licenciatura. Tenías novia formal (en ese entonces ella era estudiante de licenciatura, aunque ya en sus últimos semestres), y cuando nos besamos (porque, claro, yo respondí, cómo no responder cuando mi sueño de adolescente se hacía realidad) no me importó. No me importaba ser "la otra", porque creía que era yo única, irrepetible, creía ser la Poi de tus escritos. No describiré lo que sucedió en tu Guarida, tú y yo lo sabemos. Puedes argumentar como defensa que yo accedí, que yo acepté. Pero era yo menor de edad. Tú estabas en una posición de poder, aunque en esos pocos meses ya no fueras mi profesor. Ebofilia. Durante años, esos meses los atesoré como si fuera lo mejor que me hubiese sucedido en 17 años. Luego dijiste: "ya no quiero ser parejil", dando por terminada la "relación". Lloré, dejé mensajes interminables en tu contestadora, le conté a una amiga (no me creyó, por supuesto, cómo pensar que el carismático M tendría una relación impropia con una adolescente), lloré tres días y luego decidí que no más. Me recuperé del desamor, y continuamos con la "amistad". Años después fui a tu boda. Llevaste la invitación a mi casa, la dejaste con mi madre. Días o semanas antes de tu boda, tienes que disculpar mi memoria nebulosa porque eso ocurrió hace casi 20 años, nos vimos. Y yo, creyéndome todavía la única e irrepetible, fui a visitarte con esa intención. En retrospectiva, fue bueno para mí que no haya pasado más alla de un beso en tu carro. Me despediste no sin antes recordarme que "no le contara a mi novio" lo que acababa de suceder. En este momento confieso que no te hice caso, y se lo conté inmediatamente. Le conté mi historia a mis amigas también, hace años. Se lo conté a mi ahora esposo. Ellos me creyeron. Mi historia es ahora corroborada, casi 25 años después, por otros testimonios, unos peores que otros, pero igualmente detestables. Mi historia no es única e irrepetible. Ellas también me contaron en su momento, y yo les creí, les sigo creyendo, porque su historia es mi historia. Es una pena que en 25 años no hayas cambiado. Que creas en ese síndrome de Peter Pan, que lo uses como pretexto para acercarte a los jóvenes, a las adolescentes. Mi error fue no haber creído en mí, en mi voz. Que mi voz sirva ahora para que no haya ya más víctimas tuyas, M.