"Yo soy un niño, en dado caso la que abusaste fuiste tú"

Conocí a M en mi segundo semestre de preparatoria. Me acuerdo que estaba esperando a que mi mamá pasara por mí y él me preguntó si me podía acompañar en lo que llegaba. En ese tiempo tenía quince años, venía de una secundaria pública y era becada. El hecho de que un maestro de una prepa tan bonita me hablara en ese tono tan amistoso, era algo sorprendente. Me dijo que era escritor y, poco tiempo después, empecé a ir a su taller literario que daba los viernes. Gradualmente se fue mi ganando mi confianza: le contaba cosas que nadie sabía, de los problemas en mi casa hasta que le confesé que un familiar había abusado sexualmente de mí, al realizarme tocamientos.
En ese tiempo, los talleres de M terminaban tarde, a veces muy de noche. Me acuerdo que íbamos bajando las escaleras de aulas 1, de la prepa ---, mientras empecé a llorar ante la confesión del abuso sufrido por este familiar. M me abrazó, pero sentí mucho miedo porque pegó su pelvis con mi cadera y sentí que tenía una erección. Me acuerdo claramente que llorando le dije: “No por favor, no por favor”. Él me soltó ante mi insistencia, pero empezó a decirme que él sólo quería consolarme, que qué mal que yo lo rechazara.
Yo quedé muy confundida y pensé que lo había malinterpretado porque él era muy bueno conmigo: me llevaba a mi casa, a veces cuando íbamos a cenar con lo demás muchachos del taller literario, me pagaba la cena y escuchaba mis problemas. Yo me sentía muy en deuda con él: M siempre se encargaba de que yo me diera cuenta de lo que hacía por mí. A cada rato, ante cualquier reclamo ante sus abusos, me llamaba malagradecida.
Incluso, el contar esto, me sigue generando culpa, como si tuviera un reflejo automático que me impidiera hablar. A pesar de sus múltiples amigos, había rumores de que algo estaba mal con él. Cuando mi mamá le comentó a una maestra del --, que yo iba a sus talleres, le contestó: “Yo tendría cuidado con él.” No dijo más, nadie decía nada y todos lo interpretábamos como que los demás maestros le tenían envidia porque él se hacía amigo de nosotros.
Una noche, íbamos en su coche y le dije jugando que una maestra había dicho algo de él pero que no le iba a decir qué. Él se puso muy violento, empezó a gritar que le dijera y me amenazó con bajarme en pleno Constitución si no le decía. Yo empecé a llorar y le dije lo que le habían dicho a mi mamá. Él contestó: “No es tan grave”.
Yo quedé sin entender qué pasó: no le conté a nadie porque, después de todo, él me estaba llevando a mi casa y sentía que él tenía derecho de tratarme así, como si fuera mi papá. Me tomó años entender el porqué de su violencia y su miedo a ser delatado. Después, cuando tenía dieciséis años, el día que tomaron la fotografía de mi generación de graduación, me fui con él a una fiesta. Llegamos a una casa y yo, al tratar de abrir la puerta del coche, me dio un jalón por la cintura y empezó a besarme en la boca y tocarme entre las piernas. Yo pesaba cuarenta y ocho kilos así que no le era difícil manipularme como quisiera. En ese momento yo pensé que eso era amor, de hecho, me tomó muchos años y terapia psicológica entender que lo que viví era un abuso, y no el primero.
Me llevó a su casa y quitó mi vestido y me hizo practicarle sexo oral. Tenía un lunar como una mancha café cerca de los genitales. No llegamos al coito porque él decía que era virgen y que sólo perdería la virginidad con quien fuera a ser su esposa. No notaba que me estaba trabajando: en ese momento yo era menor de edad, tenía dieciséis (esperó hasta que yo cumpliera dieciocho para darme “su virginidad”).
Varias veces le pregunté si lo que estábamos haciendo estaba mal y respondió que él era un niño y que, en dado caso, la que abusó de él fui yo. Incluso dijo que él había estado con una de trece y que no había sido ningún problema. Recuerdo que estuve muy confundida, pero se trataba de M y no concebía que él pudiera hacerme daño. Además, yo creía que él era la única persona que se preocupaba por mí. Me calmé pensando que el estar con él significaba que él me amaba y que íbamos a ser novios y que después él hablaría con mis papás.
Nada más alejado de la verdad, me pidió que no le dijera a nadie y poco tiempo después, al dejarme en mi casa en su coche, después de estar conmigo, dijo que él estaba en una relación con otra de las chicas del taller, una niña de dieciséis años. Quedé hecha pedazos, no entendía por qué si decía quererme tanto, ahora era tan frío y estaba haciendo lo mismo con las otras compañeras del taller. Al mismo tiempo, me sentía muy avergonzada porque los demás se daban cuenta de que yo estaba enamorada de él y M siempre aprovechaba cualquier ocasión para burlarse de mí ante mis compañeros. Todos pensaban que yo era tonta, ¿quién se iba a poner de mi parte?
Ahora soy estudiante de -- y tiemblo cada vez que me lo encuentro. He visto cómo todos lo defienden ante cualquier ataque y cómo se pasea con otras alumnas, impune, siempre impune, “porque él es un niño y en dado caso la que abusó, fui yo”.